Jalna by Mazo de la Roche

Jalna by Mazo de la Roche

autor:Mazo de la Roche [Roche, Mazo de la]
La lengua: spa
Format: epub
Tags: Novela, Histórico
editor: ePubLibre
publicado: 1927-01-01T00:00:00+00:00


XVI

«SI EL ÁRBOL CAE AL MEDIODÍA O AL NORTE, ALLÍ QUEDARÁ»

Alayne halló a Eden en el invernadero, un sitio recogido, comido por las parras, como nido de araña, con una pipa de literario aspecto en la boca, los brazos cruzados en el pecho y una arruga que le hendía el ceño.

—¿Puedo pasar? —preguntó, con un hilo de voz, temiendo molestarlo, pero sabedora de que no podría aguantar más tiempo separada de él.

Él sonrió y asintió con la cabeza, sin dejar de morder la pipa.

—¿Has empezado la… tú ya sabes?

—Yo ya no sé la qué.

—La n-o-v-e-l-a —dijo ella, letra a letra.

Él negó con la cabeza.

—No, pero he escrito algo despampanante. Entra y escucha.

—¡Un poema! Qué contenta estoy de que hayas vuelto a escribir. Es lo primero que escribes desde que nos casamos, ¿sabes?, y empezaba ya a preocuparme por si, en vez de servirte de inspiración…

—Pues tú escucha esto y dime qué te parece, si he salido o no ganando con el matrimonio.

—Antes de que empieces, Eden, déjame que te diga que entran los rayos del sol entre las hojas de las parras y te dejan el pelo y la mejilla moteados de oro.

—Sí, cariño, y de haber estado aquí toda la mañana, habrías visto la afición que me han cogido los insectos. Caían de todos los rincones, y celebraban una especie de feria de ganado encima de mí. He tenido que hacer de juez para elegir a los mejores sementales de araña, la raza de mariquitas mejor cebada, y hasta las crías de tijereta han montado un desfile. En cada uno de los casos, el primer premio, el segundo, el tercero y el de consolación eran picarme a mí.

—Pobre corderito mío —dijo Alayne, mientras se sentaba en el banco y apoyaba la cabeza en su hombro—. ¡Cómo sufre él por su arte! —Le escudriñó la cara, buscando señal de alguna picadura, y, como quiera que hallara una en la sien, se la besó con arrobo.

—Ahora, el poema —exclamó él.

Lo leyó y ganó no poco con su voz melodiosa y la viva expresión de la cara. Quedó Alayne un poco desconcertada, pues vio que ya no podía ser igual de objetiva con su escritura. Ahora la veía teñida de la atmósfera de Jalna, atemperada por su vida juntos. Le pidió que lo leyera de nuevo, y esta vez, cerró los ojos para no verlo, mas, con todo y eso, tenía delante todos los rasgos de su cara, igual que si lo estuviera mirando.

—Es buenísimo —dijo, y se lo quitó de las manos para leerlo.

Lo había dicho convencida, era buenísimo, pero había perdido la sobria claridad de ideas que la asistía cuando estaba en Nueva York y él era un joven poeta canadiense, todo un desconocido.

Después de aquel día, Eden pasaba las mañanas en el invernadero, sin importarle gran cosa, al parecer, la humedad y el frío, cada vez más presentes conforme avanzaba el otoño. Los Whiteoak parecía que estaban hechos para aguantar tanto el frío como el calor de manera inconcebible.



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